ENTRANTE » DE TAPAS POR LEON

Las autoridades competentes en materia de turismo están decididas a promocionar en el mundo las populares tapas leonesas. Para ello ha patrocinado concursos, han editado publicaciones y ha invitado a los más ilustres visitantes a degustarlas.
Degustar las tapas que los distintos establecimientos elaboran para su participación en los concursos es una auténtica gozada, y es triste que no se puedan disfrutar durante todo el año. Hay que dejar patente que las gentes que nos visitan quedan asombradas por la generosidad de nuestros hosteleros. Pero vamos con la historia.
Hay que aclarar que en León hubo, y aún persiste, una clara diferenciación entre el “pincho”, la “ración” y la “tapa”. El pincho sin carga impositiva tuvo y tiene gran difusión. La tapa, como tal, salvo honrosas excepciones, nunca ha estado demasiado difundida. Y por su parte la ración, que es una tapa abundante, un plato que podría ocupar puesto en cualquier menú, si que tiene muchos adeptos. A pesar de su abundancia y donosura las raciones se comen normalmente en la barra. Se degustan en las interminables rondas por los bares leoneses, mientras se forma a su alrededor amigable tertulia entre amigos.
Volviendo al recuerdo les diremos que los matrimonios de la posguerra solían juntarse los domingos en alegres pandillas, e intentaban olvidar sus miserias cotidianas comiendo unas raciones de callos en “El Angelillo”, o unas morcillas fritas en “Casa Lorenzo”, por ejemplo, viandas que no elevaban demasiado la “dolorosa” y servían para soportar, junto al inevitable jarro de buen vino, o de cerveza con gaseosa, las miserias que acechaban a la vuelta de la esquina.
Las raciones típicas de León, las de siempre, son los mencionados callos, las mollejas guisadas, el hígado encebollado, los riñones al jerez, el pulpo a la gallega (plato que hicieron inolvidable los hermanos que regentaban “El Cimanes” y “El Cuervo”, este en la calle de la Sal, famosa por ser escenario imprescindible para la irreverente procesión de Generín la noche del Jueves Santo), o en vinagreta (como se hacía en la primigenia “Farola Roja”), los bocartes o boquerones en vinagre, las gambas ajillo o a la gabardina, los calamares fritos o en su tinta … y las patatas en mil maneras y con cien salsas distintas, variedad esta que se encuentra en franca recesión por ser las patatas merecedoras de poca atención por los cocineros de los bares leoneses, aunque sus virtudes gastronómicas siguen intactas.
En los años sesenta se puso de moda el champiñón, ese hongo que nace en la oscuridad de lúgubres bodegas y que llegó, incluso, a retirar del mundo del vino al gerente de “La Taberna”, gran bar de la calle del Paso, que pasó directamente al olvido, porque su propietario se dedicó de cuerpo y alma a la cría y venta, en casi todos los bares de la capital, del pequeño hongo.
La tortilla de patata merece mención aparte, pues siempre ha sido un recurso barato para sentarse alrededor del un jarro, sobre todo en las bodegas del Húmedo, dispuestos a beber, comer y cantar. Famosa fue, por cierto, la Peña del Jarro, que se reunía habitualmente en las profundidades de la “Bodega Regia”, para dar rienda suelta a las aficiones cantoras de sus miembros y de donde salieron las voces más afamadas del Orfeón Leonés o de la Coral Isidoriana. Tortillas se comen aquí sólo de patatas, como aseguran que es la clásica y genuina, con cebolla, con pimientos de Fresno o El Bierzo, de bonito y, incluso, de espárragos o jamón.

